Pasaje de Clara: El algoritmo del alma

Jorge Livingstone, experto en cultura corporativa, profesor de SOPHIA y autor de Clara: El algoritmo del alma, cedió los primeros tres capítulos de su nueva novela para publicarlos en el Blog SOPHIA. Para saber más del libro o comprar la novela completa, dar clic aquí.
Capítulo 1: Una Terrible Semana
Martín estaba muy cansado. Había sido una semana terrible. Dejó que el auto avanzara en modo asistente. No recordaba si había frenado en algún momento ni cuándo había pasado algún cruce. Intentaba mantener la mente en blanco. La pequeña rotonda apareció otra vez. El volante giró apenas, lo justo, y luego el coche retomó la pendiente hasta que llegó a media calle y giró para entrar al garaje.
Subió los siete escalones del porche, sin mirar alrededor. Al acercarse, la puerta lo detectó y se abrió.
La casa permaneció a oscuras. Ninguna luz se encendió. El aire se sentía frío.
Dejó la cartera y lo que traía en la charola de plata del vestíbulo, cruzó sin detenerse y fue directo a la cocina. Los mismos movimientos de siempre, en el mismo orden. Todo automático. No había voces. Hacía tiempo que los hijos se habían ido a la universidad. Toda la semana había estado acompañado. Cansado incluso de tantos pésames y tantos “lo siento mucho”. Pero ahora, todos se habían ido. Clara ya no estaba.
Durante esos días, el tiempo no avanzó de forma continua. Las escenas aparecieron separadas, como cuadros mal empalmados. Recordaba solo fragmentos. Desde que Clara se desplomó repentinamente en el suelo de su oficina —un colapso total del corazón— hasta ese momento, todo había sido una larga sombra.
Daniel, Lucas y Mariana hablaban con personas que él no conocía, firmaban papeles, hacían preguntas. Martín los seguía de un lugar a otro sin intervenir. En cuestión de segundos, Clara había desaparecido.
Cuando Martín llegó a la oficina de Clara, la ambulancia ya estaba afuera. Alcanzó a ver la camilla en la que la subían con rapidez por la puerta trasera. Caminó detrás sin pensar y subió al vehículo. Nadie se lo impidió.
Clara tenía los ojos cerrados. Su rostro estaba tranquilo, inmóvil, como si se hubiera quedado dormida a mitad de una frase. Los paramédicos hacían toda clase de maniobras. Cada vez que intentaba acercarse, alguien lo apartaba con un gesto corto, automático.
Él obedecía.
Luego llegaron más personas. Primero los colegas, después los amigos, parientes, gente a la que no recordaba haber visto antes. Entraban, hablaban, lo abrazaban, se abrazaban entre ellos. Mucha gente. Demasiada.
Hasta que todo se detuvo. Ya no había continuidad. Todos fueron desapareciendo, poco a poco.
Durante todo ese huracán de sentimientos, Martín no había tenido tiempo de estar solo ni de llorar.
Ya en casa, apoyó los codos sobre la isla de la cocina.
El aire le tembló en el pecho antes de que pudiera contenerlo. —No pude ni despedirme…
La frase se le quebró a la mitad.
No pudo más y se descosió en lágrimas.
—¿Y ahora qué voy a hacer?
No hubo respuesta.
—¿Y ahora qué sigue?
Serían las cinco de la tarde. Martín se enjugó las lágrimas con una servilleta de papel. Abrió el refrigerador, lo miró por dentro durante un segundo y cerró la puerta. Salió de la cocina muy despacio y comenzó a subir al segundo piso.
Pasó por el resto de las habitaciones; las puertas estaban abiertas, no había nadie más. No quiso ni mirar. Entró a su recámara. Se recostó en la cama sin deshacerla, jaló la frazada que estaba al pie y se cubrió.
No pensó nada más. Se quedó dormido.
Capítulo 2: Al Día Siguiente
Se levantó temprano. Volteó hacia su lado derecho y confirmó, con una punzada de dolor, que no había sido una horrible pesadilla: no había nadie de ese lado de la cama. Clara no estaba de viaje.
Su libro, sus lentes, sus cosas, ahí estaban, pero ella no.
Martín abrió las cortinas del balcón y solo alcanzó a ver la niebla. Como si todo se hubiera borrado, apenas se vislumbraba el perfil del cerro más cercano, pero las montañas habían desaparecido: todo el horizonte se había ido. El día estaba triste, muy húmedo.
Se metió a la regadera.
En esa casa el desayuno se había transformado con el tiempo en un evento fugaz: primero, cuando los hijos tenían prisa por llegar a la escuela; después, cuando se fueron, el trabajo de ambos los apuraba y ya no podían disfrutarlo. Pero recientemente, el desayuno se había convertido en un nuevo ritual. Clara ya no solía desayunar en paz; siempre estaba de prisa. Pero Martín había logrado despejar todas sus actividades profesionales en las mañanas, lo preparaba para los dos.
Bajó por las escaleras, ahora con una lentitud que contrastaba con la forma en que solía subirlas y bajarlas: casi siempre de prisa, de dos en dos. Él mismo se decía que ese era su único ejercicio, aunque fueran apenas veinte escalones.
La escalera era ancha y descendía en una curva elíptica, rodeando una cúpula alta y ancha, semiesférica, de ladrillo aparente.
Empezó a hacerse el desayuno. Como no tenía prisa, decidió preparar unos huevos batidos con mantequilla y jocoque seco, mezclados despacio, a fuego bajo: su especialidad. A todos les gustaban porque quedaban sedosos y cremosos. Puso los platos directamente sobre la isla de la cocina; el antecomedor ya casi no se usaba. Sacó dos vasos, sirvió jugo de naranja y tostó un par de panes. En el último repaso se dio cuenta de que había puesto dos lugares; pensó en tomar uno de los platos para guardarlo, pero no lo hizo. Fue hacia la cafetera y se preparó, como todas las mañanas, un espresso con la primera cápsula que encontró en el dispensador.
Martín se sentó en una de las sillas altas de la isla, con el café caliente entre las manos, esperando. Y, en el fondo, seguía esperando que Clara bajara corriendo y él pudiera obligarla a desayunar algo.
Volvió a llorar. Su Clara ya no estaba.
Capítulo 3: La Caja
Dos semanas después del funeral, Martín entró a la casa y se fijó por primera vez en serio en la caja que llevaba varios días sobre la mesa de la entrada.
Era la misma que, entre lágrimas, le había llevado Martha, la asistente de Clara. Contenía todas sus cosas de la oficina. Conscientemente, Martín la había dejado ahí: no quería abrirla. Pero ahora decidió que ya era el momento. Tenía la tarde libre, así que podía revisarla con calma.
Dentro había muchas cosas: notas adhesivas de distintos tamaños y colores, varias plumas azules —las reconoció enseguida, esas de punta más gruesa que tanto le gustaban a Clara—, tarjetas de presentación del despacho, libros, muchos libros, folders, sus lentes… Y, al fondo, el teléfono de Clara, junto con varios cargadores y cables. Martín sonrió al recordar las eternas búsquedas de esos cables que ella perdía casi cada semana y que, de pronto, aparecían por todos lados.
Tomó el teléfono e intentó encenderlo, pero estaba sin batería. Se lo llevó a la biblioteca. Mientras subía por las escaleras, dijo en voz baja: —¿Y la contraseña…?
Siempre habían compartido sus contraseñas, pero Martín sabía que jamás recordaría ninguna. Sacó entonces su propio celular del bolsillo y buscó el archivo donde, con cuidado casi obsesivo, llevaba años apuntando todas esas claves que nunca había pretendido memorizar, pero que sabía que algún día necesitaría.
Llegó a la biblioteca. En la mesa central, donde estaban las pantallas de sus computadoras, buscó un cable que terminara en un conector USB C y conectó ahí el teléfono de Clara, al primer cable suelto que encontró. Lo dejó cargando.
Ya que estaba frente a su computadora, puso su huella en el sensor del teclado y comenzó a revisar sus correos. Llevaba días sin hacerlo: cientos de mensajes acumulados, el noventa por ciento basura.
Mientras filtraba mentalmente lo que valía la pena leer, se sobresaltó al escuchar el sonido del teléfono de Clara encendiéndose. En segundos, comenzó a recibir mensajes y correos como una ametralladora.
—Claro… nadie los había visto —pensó—. Deben ser cientos de mensajes.
Solo de imaginar el tiempo que le llevaría revisar todo eso, descartó por completo la posibilidad. Por curiosidad lo desbloqueó y miró el ícono de Mail en la barra inferior del teléfono: sobre fondo rojo, el número 18,654. Correos sin leer. Sabía que Clara tenía la costumbre de leer solo los mensajes importantes y dejar el resto “para después”. Pero nunca se imaginó que fueran tantos.
—Bueno, claro que estos mensajes no eran nuevos, es la acumulación de años… —murmuró.
Entró a Ajustes y fue hasta el apartado de almacenamiento. Quería hacerse una idea de lo que había ahí adentro.
Lo que más pesaba era WhatsApp: 65 GB. Luego, las fotos: 32 GB. Memos de voz: 15 GB. Mail: 2 GB.
—Guau… esto es mucho —sonrió, casi sin querer—. Conservar las fotos y los videos va a ser importante para la familia.
Entonces se le ocurrió una idea.
Llevaba meses trabajando en una versión experimental de un modelo de IA (inteligencia artificial), multimodal y multimedia, basado en un LLM (Large Language Model) que había conseguido a través de un amigo. Martín le había hecho tantas modificaciones que ya casi era otro modelo. Le instaló un agente autónomo para aumentar su creatividad y darle más “libertad” para construir ideas.
También lo reforzó con un módulo de razonamiento robusto, diseñado para reducir alucinaciones: el modelo debía verificar la validez de sus propias afirmaciones, aunque eso lo hiciera más lento. Para compensarlo, Martín recortó procesos que consideraba redundantes y costosos en cómputo, rehaciendo incluso partes completas del sistema.
Además, se había fijado un objetivo casi obsesivo: que el modelo completo pudiera ejecutarse en una sola máquina de escritorio, una Mac Ultra M21, a la que llamaba simplemente la M21.
Los creadores del modelo original lo habían bautizado MAX. A Martín le gustaba el nombre.
Los avances que había logrado eran interesantes, aunque seguía siendo un experimento que no había compartido con nadie.
—¿Y si conecto el teléfono de Clara a MAX para que ordene todo el contenido? —pensó.
Pero no hizo nada más.




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