3 revelaciones antropológicas que me hicieron ver mis hijos

El embarazo le parece complejo y raro al adulto contemporáneo
Me rompía la cabeza pensando en cómo explicaría a mis niños que tendría una bebé en mi panza y crecería ahí por varios meses. Era un motivo de angustia pensar en la confusión que esto iba a provocar y que mi nuevo aspecto les causará alguna impresión…negativa.
Me di cuenta que a los niños no les parece para nada complicada la idea de que un bebé crezca en mi. Preguntan con una increíble naturalidad sobre cuándo saldrá su hermana de ahí.
Claro está que estamos hablando de alguien que quiere su propia luna para ella sola; que piensa que vamos al supermercado a seleccionar artículos a cambio de nada y para quien los dragones tienen el mismo estatuto ontológico que un conejo… sin embargo se trata también de quien me ha hecho las preguntas más difíciles de contestar en mi vida entera.
Creo que el embarazo se vuelve algo complejo para el adulto, mientras que para el infante tiene perfecto sentido. Algo que no tiene sentido para mi hija es, por ejemplo, tener que separarse de su madre tanto tiempo para ir al colegio; que alguien mire la televisión y el celular al mismo tiempo o que los edificios nos tapen la vista a la luna. Pero, que una madre engendre a sus hijos suena perfectamente adecuado.
El lenguaje es lo mejor que nos pudo haber pasado, solo si sabemos usarlo bien.
Si bien sostengo que el lenguaje es una herramienta para vincular pero a la vez una prisión que nos limita a expresarnos dentro de sus límites, cuando los niños toman la herramienta y te invitan a su mundo por medio de ella… los descubres de una forma nueva que vuela la cabeza. Apreciar en primera fila el primer encuentro con el lenguaje y la forma en la que los niños se van adecuando a él es un evento interesantísimo. No se diga cuando utilizan una muletilla tuya o aplican correctamente una palabra altisonante.
Los ajustes que hacen al lenguaje son un verdadero espectáculo. De los creadores del adjetivo “travesuro” les presento el verbo “ero” primera persona del verbo ser. Para mi hija, si “x es bailarina” lo más lógico es que yo “ero bailarina”. Fascinante.
A todo esto, a pesar de los límites dentro de los cuales nos permite expresarnos, el lenguaje termina siendo el medio por el cual -la mayoría de los niños- podrán decirte que te aman, que quieren que no te vayas y que necesitan tu ayuda. Es por medio del cual te pueden abrir su corazón con una preocupación o un miedo. De ser así, que mi prisión sea el castellano.
¡Enseñemonos a hablar con nuestros hijos! No lo hacen igual a ti, aún. Invitémoslos poco a poco a este gran universo del vínculo por medio de la palabra, sin ignorar otras vías importantes de expresión, como la pintura y la música. Pero no subestimemos la importancia de hablar con ellos para que después, ellos puedan hacerlo bien.
Mientras crecemos perdemos una cualidad fundamental para la vida feliz.
No te voy a dar noticias nuevas, sino la misma de siempre: la cualidad a la que me refiero es la simpleza. Nosotros -tu y yo- los padres, volvemos a los niños incapaces de ser felices con lo simple: la naturaleza, la convivencia…
Nosotros, en nombre del amor, les estropeamos su paladar alimentándolos de cosas innecesarias. Hay una ironía brutal en la forma en la que los padres observan a sus hijos ser felices jugando en una montaña de lodo o bajo la lluvia. Estos momentos -que todos hemos vivido- deberían ser suficientes para hacernos repensar la cantidad de dinero que se invierte en festejos de cumpleaños, juguetes e interminables situaciones innecesarias.
No es sorpresa que este desajuste en la infancia lleve a la versión adulta de estos niños no solo a buscar la felicidad en los recovecos más equivocados sino además, hacerlo con la seguridad de que ahí la encontrará… después de todo, así fueron educados.




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