La Filosofía es Madre
- Mariana Riojas

- 27 may
- 12 min de lectura

Se dice por ahí, que la Filosofía es la madre de todas las ciencias. ¿Metáfora? ¿Término análogo? Si bien una conversación lógica siempre es deliciosa, pero no siempre bienvenida... Les ahorraré por ahora mi tren de pensamiento y lo manejaremos el día de hoy como un término análogo en el esquema aristotélico tomista.
Un uso análogo refiere a una palabra que se usa en sentidos relacionados entre sí: así no se trata exactamente de lo mismo (como cuando decimos triángulo, siempre es lo mismo), o cuando decimos banco que no tiene nada que ver. Un uso análogo será aquello que se relaciona pero no es exactamente lo mismo: la célula madre, madre tierra, filosofía madre. Todas estas acepciones conservan una estructura inteligible de procedencia y dependencia, hay una clara analogía de proporcionalidad.
¿Qué elemento es aquel que cambia en proporcionalidad pero existe en una madre y en la filosofía como madre? Si decimos que la filosofía es la madre de todas las ciencias... ¿Qué comparte con una madre para poder llamarla, a su vez, madre? ¿Tiene hijos? ¿vela por crías? ¿Educa? ¿Pare la vida de sus entrañas? ¿Todo esto es ser madre? ¿Algo de esto?
La pregunta que subyace: ¿Qué es ser madre que hace que podamos hablar de la filosofía como tal?
Paradójicamente, la filosofía versa poco sobre este tema. Me atrevo a afirmar que no contamos con las fuentes o el análisis suficiente para contestar esta pregunta. Si queremos saber sobre teoría del conocimiento, sobre el tiempo, la democracia, el absurdo o lo sublime, sabemos a quién recurrir. Conocemos las discusiones... pero sobre el fenómeno de la madre...poco hemos dicho. Principalmente encontramos algo de la maternidad en algunos manuales de antropología, de manera superficial. Algo ha dicho Simone de Beauvoir; algo encontramos en la Ética del Cuidado y en pensadoras contemporáneas aisladas como Ruddick (Maternal Thinking) entre otras. Los comentarios actuales desde las aulas universitarias se refieren a políticas y roles de madres pero no al estudio fenomenológico de la maternidad.
¿Por qué eso es así? Se me ocurren dos respuestas: la primera, no me convence pero la comento igualmente; porque una madre es lo más evidente de la realidad -después de que existo, lo más obvio es que alguien me trajo aquí y ese alguien es mi madre. Pero esto es un contraargumento en el fondo, puesto que la filosofía versa precisamente de lo evidente, de lo más fundamental de la realidad.
La segunda: los filósofos no son madres. Uno puede hablar sobre lo que puede ver de la maternidad, y esa es la información que tenemos: podemos ver y estudiar el cuerpo de una madre, podemos estudiar el cerebro de una madre, podemos mejorar las condiciones sociales de una madre... y hasta muy recientemente tenemos esa información: avances brutales en ginecología, psicología, y crianza. No podría ser una metáfora fundada en una analogía de proporcionalidad; o bien, una metáfora que es el vehículo lingüístico y la analogía es la estructura conceptual que la hace inteligible y no arbitraria.
No obstante, no solo estos avances son recientes y modernos, lo cual sugiere que se realizaron hasta que la mujer los comenzó a exigir... sino que nos dicen algo sobre la maternidad desde fuera, nos hablan sobre algo de ella, pero no de ella.
¿Cómo podemos hablar de ella? Desde ella.
Un problema filosófico que se frecuenta a forma de debate es si las personas podemos entender situaciones que no hemos vivido... muchos dicen que un ejercicio de la imaginación basta, o que con un alto grado de empatía podría ser... pero una cosa es clara: hay ciertas experiencias de la vida en la que la respuesta es no. Así, desde una aproximación fenomenológico-existencial, la posibilidad de hablar de la maternidad se reduce a la madre. ¿Qué experiencia vivida puede tener un observador del cuerpo de una madre? Incluso un experto nos puede decir desde fuera. La maternidad no es como el miedo, el resentimiento, la angustia o el perdón que son vivencias humanas generales de las cuales cualquier pensador puede hacer fenomenología... Si bien es claro en la tradición fenomenológica que esta se puede realizar desde el “cómo me aparece a mi como espectador”, quiero insistir en un paréntesis cuando se trata de ella. Se podría abogar que se debería hacer lo mismo con otro tipo de experiencias límite, como lo es la guerra por ejemplo. Y creo que, en este sentido, se debe establecer un análisis fenomenológico indirecto.
Edith Stein advierte que nunca puedo acceder plenamente a la consciencia del otro, pero sí puedo captar al otro como sujeto viviente. Dicho esto, mi propuesta se mantiene: la maternidad, como otras experiencias límite, es un fenómeno especial el cual solo puede ser descrito plenamente desde ella; o bien, de manera indirecta en tanto como se me aparece como tercero. En este sentido, de Beauvoir hace un ejercicio desde cómo le aparece a ella el fenómeno... pero una mujer que es madre no puede verlo de la misma manera. No se puede... A esto volveré más adelante, pero claro: una se convierte en madre y no puede volver atrás. Ricoeur dice que muchas experiencias humanas se comprenden narrativamente, veremos que logramos el día de hoy.
Habiendo dicho aquello, con el riesgo a perder el interés de algún fenomenólogo, quisiera volver a la pregunta más interesante que nos atiene: el uso análogo de la maternidad y la filosofía como ente maternal. De la maternidad, creo que podemos decir por ahora varias cosas:
1. Ser madre es ser origen
Es fundamento, una madre es origen, es principio, es el hecho sobre el que se subyace. Una madre es el soporte total en los primeros años (físico y emocional) -el más indicado y necesario aunque no sea el más perfecto… La filosofía es soporte ontológico y es principio de todas las ciencias. Hay un punto en la exploración de las distintas ciencias donde, como diría Sócrates de los escritos y sus autores, huérfanas buscan el socorro de su madre.
Por ejemplo, a través de sus distintas especialidades -la medicina- busca atacar las patologías y anomalías para brindar salud al cuerpo. El médico sabe por qué te duele el estómago, sabe cual es el fallo (una úlcera), sabe qué pasa en el cuerpo para que esta brote (la provoca el ácido), en algunos casos, nos hablan de las causas a partir de un diagnóstico (infección que baja defensas contra el ácido, -lo cual a su vez se puede explicar por ciertos hábitos). Pero, ¿por qué me duele? Más allá del ácido...¿por qué el dolor? ¿Qué actitud existencial debo tener frente a este dolor? ¿por qué la experiencia del dolor es parte inherente de la existencia? ¿Es posible otorgarle un sentido trascendente al sufrimiento ineludible? Muda la medicina, debe volver al origen: a la ciencia amante de la sabiduría.
Así la madre es origen, es tu origen. Tu identidad no puede delinearse al margen de ella. Llevas marcas en tu ser ineludibles que ella puso ahí, activamente, inconscientemente, o marcas por omisión, por ausencia. Pero las llevas. Y solo te puedes explicar volviendo a ella. Hay cosas de ti que solo entendemos leyéndola a ella, mirándola a ella, hablando con ella... así como el dolor se explica desde la medicina, pero se entiende desde la madre de todas las ciencias. En este sentido, nuestras nociones de madre se relacionan, se identifican y por eso podemos llamar a la filosofía madre. Es vinculante... es vínculo.
2. El detalle fino en el vínculo es donde se separan.
Una madre en estricto sentido es don, esto la filosofía no lo es -y si lo fuera, sería análogo. Una madre es un ser-don, para-otro. De Beauvoir tiene toda la razón: “El ciclo menstrual no tiene una finalidad individual... su cuerpo es algo distinto a ella misma”. ¿Cómo va a ser su cuerpo si tiene a otro corazón latiendo en ella? Tiene toda la razón. Luego también cuando escribe: “La gestación es una labor fatigosa que no ofrece a la mujer un beneficio individual, y le exige, por el contrario, pesados sacrificios”, “la lactancia es una servidumbre agotadora”. Correcto Simone. Eso es así. La maternidad, la gestación y todo lo que ella implica no persigue fines individuales. Una madre es un ser-para-otro. Sobre esto, la trampa de la postmodernidad sobre el ser-individual.
Lo curioso aquí, es que una madre no quisiera que esto fuera de otra manera, una madre tiene acceso privilegiado al desmantelamiento de la trama del individualismo. No por eso es fácil para ella, pero tiene al llamado enfrente y le dice mamá, le pide que lo tome entre sus brazos y con cada mirada, sonrisa y llanto le constata el valor de la entrega.
En la maternidad, la madre no se niega a sí misma, se dona a sí misma. Así que no encuentro nada más falso que cuando dice, “desde la pubertad, hasta la menopausia, la mujer es sede de una historia que se desarrolla en ella y que no le concierne personalmente”. Le concierne personalísimamente esa historia. Le concierne tanto que ella se sigue escribiendo en esta nueva historia, y, además reinterpreta la vida entera gracias a este nuevo relato que es su hijo. El tipo de vida que es la maternidad corresponde a una dimensión concreta de la realidad... la cual solo le es accesible a ella.
Descubre una nueva dimensión de la vida, únicamente accesible a la mujer que es madre. Le permite tocar el cielo y vivir el infierno. La maternidad nos permite vivir las alegrías más plenas que puede ofrecer la experiencia humana. Una madre, mirando a los ojos de su bebé, es capaz de vivir por un milisegundo al mismísimo Dios. ¿Quién puede negar haber tocado el cielo cuando su chiquito te dice que te ama o que eres su mejor amiga? Qué me dicen de cuando te toca ver a tu pequeño sobreponerse ante un miedo, ser amable con los demás, pedir disculpas, triunfar en una hazaña, superar una enfermedad, hacer algo mejor de lo que tu lo harías... Dios concede a las madres los destellos más verídicos del cielo. No quiero decir que es la única manera de tocar el cielo en la tierra, lo hemos visto suceder de otras maneras: ¿has visto como un artista se eleva en su arte? Por eso el artista puede existir en un mundo donde no se apremia como debería... porque tocan el cielo en secreto a través de su instrumento, de su pincel, de las palabras... esa lágrima que vierten al ver como meros símbolos se convierten en mensajes eternos...ahí ellos tocan el cielo. Lo que recalco el día de hoy es como con una mirada de su hijo, una madre logra ese segundo de eternidad.
Pero, hemos dicho que esta dimensión también nos expone a los dolores más fuertes de la experiencia humana. Vivir en la dimensión de madre significa estar expuesta a enormes y constantes sufrimientos. Pareciera que las tragedias más profundas y dolores más difíciles de sanar de la experiencia humana en general, se viven en esta dimensión. Insisto, ser madre no es cualquier cosa, es estar expuesta a vivir tristezas y pasar por oscuridades profundas.
Estas vivencias dolorosas en la dimensión de vida de una madre se vuelven heridas; y vamos cargando con ellas a lo largo de nuestra vida. Muchas veces no hablamos hablamos con claridad: pensamos que somos malagradecidas si lo hacemos, o que el dolor es como un gaje del oficio y no vale la pena compartirlo, pensamos que todo el mundo sufre entonces debemos hacerlo en silencio, o interpretamos nuestro dolor como meras quejas, cuando, muchas en realidad, son heridas.
Todas sabemos a qué me refiero, desde aquellas primeras heridas que refieren al duelo y alineación con lo más nuestro, nuestro propio cuerpo. Recuerdan el duelo de ver cambiar a tu cuerpo por primera vez y todas las veces... evitar verse en el espejo y rechazar la propia imagen. En los primeros momentos de maternidad hay un desgarre interno -por no mencionar los literales del parto- al pasar por aquel túnel oscuro al cual le falta la luz de la experiencia... y pensar que de ese túnel no saldremos nunca. Toda madre se ha dejado envolver por el agobio y la incertidumbre de lo que le depara. Además de sentirse profundamente sola a pesar de estar acompañada... la mujer entra en una esfera donde no hay esposo, enfermera, madre o suegra que pueda compartir plenamente con ella.
Quién no ha quedado marcada por alguna ocasión donde dudosa de escuchar su instinto materno se equivocó en no alejar a su pequeño de cierta situación, persona o no interceder por su hijo por quedar bien. Una herida sin culpable, profunda y dolorosa en el corazón de una madre que toca las fibras más delicadas de su ser corresponde al escuchar ese diagnóstico que sólo imaginó en sus peores sueños... aquel diagnóstico que significará una lucha constante para su pequeño... parte el corazón pensar que pasará por algo que ni tú has tenido que pasar y que estas dispuesta a intercambiar lugares cualquier día con la criatura con tal de evitar que pase por aquello. En un milisegundo te encontrarías tú en esa cama de hospital o en ese aparato y duele como el mismo infierno saber que eso es imposible.
Duele como duele una sed profunda la falta de reconocimiento o agradecimiento por entregarse toda: por entregarse tanto y tan rápido. Duele feo cuando no se le reconocen los pequeños esfuerzos que han cambiado su vida por completo.
Cómo duele la culpa de reaccionar hacia ellos desde la desesperación... o cuando hago algo de lo que yo misma no apruebo con tal de descansar un rato; igual que la culpa de decir que soy incondicional pero reconozco que constantemente permito que se sientan solos.
Esta dimensión de madre hace posible un dolor que refiere a una incondicionalidad no correspondida y al mismo tiempo duele aceptar que pude y puedo dar más... aún bajo la sensación de haberlo dado todo y quedarme ya sin nada.
Esta vida maternal abre la puerta a un dolor semejante a la asfixia, nos trunca el fluir de la vida ver a nuestros pequeños fracasar, mostrarse inseguros o sentirse insuficientes. ¿A quien se adjudica la culpa la madre al observar aquello? No hay remordimiento más grande que aquel de una madre que suplica regresar el tiempo para subsanar un tema no trabajado.
Cómo arde la decepción y la impotencia de madre: no hay grito más impotente que el de una madre que le dice a su hijo ¡TU PUEDES! Mientras la criatura tiene un impedimento interno que la congela, la bloquea…
Se agrieta el corazón cuando alguien los lastima, cuando no reciben el amor que merecen, también cuando ellos mismos se convierten en la razón del sufrimiento de otros.
Y qué podemos decir del pobre corazón de una madre que debe presenciar y soportar transgresiones serias al amor de su vida, a la vida de su vida. La que tiene que escuchar y ayudar a sanar un corazón violado por la malicia o egoísmo ajeno, o, incluso, una mala decisión que le impactará en su propia valía.
Y, no me atrevo a hablar de aquellos corazones de madre que sufren el dolor más profundo accesible a la raza humana, un dolor del cual no obtenemos arte, el cual no romantizamos como solemos hacer con el desamor romántico... de este dolor no hay arte, es un atrevimiento aquello que hace Miguel Angel con La Piedad. No es una escultura de una madre con su hijo desvanecido entre sus brazos, es una escultura del dolor encarnado, del dolor más profundo que puede soportar un corazón humano.
Entonces sí, a la madre esa historia le pertenece personalísimamente, ese vínculo entre ella y sus hijos, es ella misma. La madre no se niega, se dona. Escuchen esto: en ese darme, yo recibo...y solo puedo darme en primer lugar porque tengo. ¿Cómo puedes donar algo que no posees? La madre que se dona es la criatura más sí misma, puesto que sólo quien es sí misma, puede darse sin perderse. He ahí la encomienda materna por autonomasía: sea sí misma para poder donarse. Así también, se lleva a cabo el proyecto personal, en ese trabajarse, sanarse, para DARSE. Leonardo Polo dice que solo una persona que es muy sí misma puede darse sin perderse. Una madre debe trabajarse, PARA DARSE. Entonces, este proyecto individual no es el fin, es un medio para lo verdaderamente importante: el don.
3: Ser-para-otro -incondicionalmente-
Esto significa que tu te das permanentemente a otro sin esperar nada cambio, no solo porque no pueden, pero lo raro que pasa en una madre, es que no lo espera tal cual... porque es imposible reparar aquello. Las personas convivimos en ciclos de reciprocidad, todas tus relaciones fungen en un ciclo recíproco y por eso se pueden mantener. Hay momentos donde toca apelar a la incondicionalidad; dar incondicionalmente es un llamado pero es difícil y agota, porque vivimos en un mundo recíproco.
La maternidad es un vínculo incondicional. Donde das, das, das y das pero no recibes nada a cambio (muchas veces), si recibes algo a cambio no es proporcional (es simbólico, como cuando te regalan el primer sueldo o te dan un obsequio del colegio). Es el tipo de amor de Dios a sus criaturas. Una madre no es Dios, pero su amor es el que más se puede asemejar... porque es incondicional imperfecto, porque claro que donas todo: tu tiempo, tu espacio, tu cuerpo, tu todo... pero te agotas, te enfadas, te desesperas, y necesitamos validación. Por eso festejamos a las madres, y por eso un día de las madres que pasa desapercibido en casa duele. Porque mi amor es incondicional, pero soy humano. Así una madre, así tu te das y te das y te das y no te acabas... te cansas, necesitas un reset, pero así tú estás hoy y estarás mañana, así estaba María bajo la cruz. Pero ojo, en ese dar sin esperar nada a cambio, hemos dicho, si recibes... pero es un recibir raro, peculiar, especial:
Es irónico este recibir: pregúntale a una madre quien es el verdadero regalo aquí. ¡Son ellos! Ellos son el regalo, no ella para ellos que se da toda completa todo el tiempo, que ya no se entiende sin ellos y no le interesa un mundo al que vive porque aquí están ellos. Esa loca entregada y agotada te dice que ellos son el verdadero regalo del cielo, que ella es la bendecida por tenerlos.
Una madre es don, es gratis, es regalo. Decimos que conocemos lo gratuito, pero eso solo Dios y análogamente una madre. Ya se porque los filósofos no nos hablan de la maternidad... Una vez más, la maternidad es el fracaso del lenguaje, no hay palabras suficientes, nunca las ha habido y jamás las habrá.
Feliz día, a las que Dios concedió la vocación de imitar al amor que más amó. Feliz día de las madres.




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