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La vida como narración

Foto del escritor: Mateo Villarreal
Mateo Villarreal
8 sept
12 min de lectura

El hombre es un ser que cuenta historias. Este hecho suele ser presentado como uno de los rasgos distintivos del hombre. En efecto, sólo el hombre es narrativo. Plasma, de forma oral o escrita, la vida y las acciones de los hombres, con sus penas y alegrías, en su propio contexto histórico-cultural, en su desplegarse a lo largo del tiempo hacia un final. Esta componente propia del ser humano, que se complace narrando y escuchando historias, manifiesta que el hombre mismo es un ser narrativo: que vive en un mundo con otras personas realizando a lo largo del tiempo acciones que se engloban unitariamente en la propia historia de la que uno mismo es autor y protagonista. De allí el gusto e incluso la necesidad de narrar historias y de escucharlas, porque en el hacerlo se recuerda a sí mismo que su vida es una historia y que está en sus manos. Y esto constituye el elemento positivo de toda narración: el ser una profundización en la esencia de lo humano para vivir en modo más consciente la autoría y el protagonismo que tenemos en nuestra propia vida. De aquí se desprende que siempre se puedan obtener aprendizajes de cualquier historia y del ejemplo de cualquier persona: tanto del bien como del mal se pueden sacar conclusiones para la propia vida. El bien a buscar y el mal a evitar se aprenden muchas veces a partir de las experiencias de nuestros semejantes.


Podemos decir, entonces, que la relevancia que tienen las historias para nosotros depende del hecho mismo que somos un ser narrativo. Contamos y escribimos historias primero que nada porque nosotros mismos narramos nuestra propia vida mientras la creamos, porque somos un ser que va realizándose libremente en el tiempo. Y a mí me parece que las obras literarias que reflejan más profundamente o con mayor verosimilitud los aspectos más esenciales del ser humano son precisamente aquellas que ganan el honor de ser llamados clásicos. Precisamente, La Odisea, una de las primerísimas obras literarias de Occidente, tanto por antigüedad como por altura, interpela constantemente a los hombres al presentar la historia de un hombre que está en un viaje que le lleva la mayor parte de su vida. Buscando la meta, su hogar, Odiseo enfrenta diversos problemas, que muchas veces lo alejan o le impiden llegar a su destino; pero al final llega. La imagen del viaje o del camino es de las más utilizadas para referirse al recorrido vital de nuestra existencia. El hombre se despliega en el tiempo hacia un fin, y en el camino se encuentra todo tipo de situaciones: tanto positivas como negativas en su referencia al fin previsto. 


Así pues, las grandes obras y los grandes autores literarios son aquellos que reflejan más fielmente la constitución narrativa del hombre. Como Shakespeare: “que retrató la vida humana mediante la narrativa dramática, porque tuvo por cierto que la vida humana tenía ya la forma de narrativa dramática (...).” ¿Y cuál es esta forma de narrativa dramática? Las historias se componen de un escenario en el que estamos localizados, en un contexto en el que nos ubicamos, con distintos personajes con los que interactuamos, y con un fin que perseguimos con nuestras acciones. Pues bien, todos estos elementos encuentran en la vida humana real su referencia y su significado principal. El hombre se encuentra en un mundo, en una época concreta e insertado en una tradición que permite comprenderse a sí mismo y comprender el lugar en el que se encuentra, es un ser social que está en constante relación con sus semejantes, perfeccionándose en sus encuentros con ellos y que tiende a ordenar su vida y sus acciones a la consecución de un fin que es unificante respecto a nuestras distintas acciones: “de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo, y las demás cosas por causa de él, y lo que elegimos no está determinado por otra cosa -pues así el proceso seguiría hasta el infinito, de suerte que el deseo sería vano y vacío (...).”


El aspecto distintivo del hombre, presupuesto fundamental de la ética y la vida moral, en virtud del cual su vida es una narración, es la libertad. El ser humano es verdaderamente dueño de sus actos, estando en sus manos el actuar o el no actuar, el hacer esto o hacer lo otro, de una manera o de otra. “Este dominio de sus actos lo tiene por la razón y la voluntad; por eso el libre albedrío se llama ‘facultad de la voluntad y de la razón.” La libertad está anclada a la voluntad y a la razón, e implica la apertura originaria de estas dos facultades espirituales hacia el ser en toda su extensión: hacia lo máximamente verdadero y hacia el sumo bien. “Un animal racional tiene la capacidad de estar en control de su vida, de vivir en modo que su vida sea algo de su propia factura. Si una vida es conducida con la libertad que la racionalidad hace posible, es pertinente compararla a una obra de arte que el sujeto está comprometido en crear.”


De nosotros depende, de hecho, el poner en el ser nuestras acciones, que de otro modo no existirían en absoluto. De allí que Cornelio Fabro se refiriera a la libertad humana como creatividad participada, es decir, como el modo que tenemos nosotros de imitar la creación ex nihilo de Dios. Como creaturas, somos limitados y nuestro actuar presupone tantas cosas que lo hacen posible, pero al actuar libremente ponemos en acto a partir de nosotros mismos algo que de otro modo no existiría, o también podemos impedir que sea algo que de otro modo sería.  


Por lo tanto la libertad de las creaturas no ha de entenderse nunca como absoluta, sino que es necesariamente limitada. Hay tantas cosas que no están a nuestra disposición, y que son parte integrante y esencial del escenario y de nosotros mismos en la narrativa que realizamos con nuestra vida. “Entramos en un escenario que no hemos diseñado y tomamos parte en una acción que no es de nuestra autoría. Cada uno de nosotros es el personaje principal en su propio drama y tiene un papel subordinado en los dramas de los demás, y cada drama limita a los demás.” Nuestra misma libertad, de hecho, no es generante absoluta de nuestro ser, sino que ella misma deriva de nuestro ser espiritual. Aunque al actuar nos autodeterminamos, llegando a ser en cierto sentido ‘padres de nosotros’ mismos, no se trata de una creación o determinación de nuestro ser ontológico, sino a nivel operativo-dinámico-moral. Asumir nuestra libertad implica asumir nuestra propia condición finita y limitada. Y ello presupone reflexión, comprender al hombre y autoconocernos. 


La existencia misma de un ser racional no puede llevarse a cabo sin una reflexión sobre la realidad, por mínima que sea. El mero hecho de existir, de encontrarnos en un mundo que no hemos hecho nosotros, en unas circunstancias que no hemos decidido del todo, con la tarea de realizarnos y de construir nuestra historia en alguna dirección, suscita maravilla ante quien se detenga aunque sea un instante para reflexionar sobre ello: “El hombre es un problema para sí mismo, no solamente desde un punto de vista teórico, sino sobre todo vital.” Desde el inicio de la filosofía occidental en Grecia, las preguntas sobre el fundamento último del mundo y sobre el ser del hombre han estado presentes, y ambas reflexiones, sobre el mundo (sobre la realidad) y sobre el hombre, Metafísica y Antropología, son necesarias y exigidas para la Ética como disciplina y para la vida moral de las personas concretas. Cada acción nuestra se inserta en una búsqueda unitaria de un fin, mismo que viene descubierto y perseguido en un contexto social, viviendo en un mundo que es de una manera determinada, y estando nosotros mismos dotados de una cierta naturaleza.


 La reflexión metafísica y la reflexión antropológica, convergen en la vida ética de la persona, aunque sin reducirse a ella. Con una comprensión de sí mismo y de la realidad en la que se encuentra, el hombre puede dirigirse racional e inteligiblemente a un fin global que descubre como el sumo bien, y en base al cual pueden tener sentido y articularse las distintas acciones libre que realizamos: “Como la acción moral implica la libre elección de un objeto comprendido en visto de un fin futuro, la acción moral presenta los elementos de la narración. Vivir racionalmente la propia vida quiere decir tener una meta para vivir, significa pues que la propia vida asuma la forma de una búsqueda.”


La libertad no ha de entenderse, pues, como una posibilidad vacía de contenido. Si la libertad no es creadora absoluta sino que está anclada en el ser personal-racional, no da lo mismo actuar en un sentido que en otro. “El ser humano ha recibido en sus manos su propia existencia; está dotado de una prerrogativa -la libertad- que es signo de excelencia, pero expone a un riesgo sin igual.” No toda historia que podamos construir es igualmente valiosa. Aunque de toda historia se pueda aprender, la historia que vivimos es única e intransferible, y puede ser trágicamente frustrada, lo que constituye el gran peligro de nuestra libertad: “Cada biografía es susceptible de ser edificada con sentido o, por el contrario, abocada al vacío, gracias al juego entre la libertad y las circunstancias que definen el marco de la existencia, así como muchos de los contenidos de su trama.”


Estamos pues hablando de una doble posibilidad: la de conducir una vida con sentido o hacer de nuestra vida una narración absurda e inconexa. Y precisamente hemos dicho que la posibilidad de llevar una vida sensata, racional e inteligible, presupone nuestra autocomprensión y una reflexión acerca de la realidad en sí y del contexto en el que nos movemos. MacIntyre, en Epistemological crises and dramatic narrative, nos habla de la necesidad de autocomprendernos en medio del contexto y de la tradición en el que estamos insertados para poder llevar nuestra narrativa en modo sensato y coherente, susceptible de ser comunicada su racionalidad a otras personas. Mi tesis, siguiendo el hilo de MacIntyre, pero desde un punto de vista más metafísico y antropológico, es que el hombre no puede llevar una vida moral sensata, racional, sin un mínimo de reflexión que lo saque de la cotidianidad y lo haga considerar quién es él, de dónde vino, en qué mundo se encuentra, de dónde vino el mundo y a dónde se dirige, tanto él como el mundo, qué sentido tienen nuestras acciones y hacia dónde nos dirigimos con la vida que estamos llevando hasta ese momento. “Para Tomás de Aquino, el actuar moral presupone el suficiente conocimiento del propio fin para poder ordenarse en modo libre y consciente hacia ese fin debido. En definitiva, para el Aquinate la acción moral requiere la autocomprensión unitiva y el conocimiento del propio fin.” En lenguaje heideggeriano o existencialista, para llevar una vida auténtica hace falta comprendernos en modo profundo y global (aunque no por ello absoluto y sin posibilidad de crecimiento ulterior). 


A mi modo de ver, ello implica necesariamente la consideración de Dios y de lo religioso en la vida de cada una de las personas. Estoy de acuerdo con Gahl cuando dice: “Considero que Dios en un modo o en el otro (por mención explícita, o por implicación) está presente en toda historia plenamente humana, en toda narración. Cuando afirmo la presencia de Dios en la narración dramática, no quiero decir con ello simplemente que los narradores tienden a insertar a una persona divina en el orden de los personajes. No, estoy en cambio firmemente convencido que precisamente la estructura de la narración humana, de las historias de vida, presupone la presencia -algunas veces como rechazo- de Dios dentro de la existencia de los personajes singulares.” Dios y la religión no pueden ser rechazadas a priori o acríticamente, sobre todo cuando precisamente la instancia trascendente ha sido y es presentada tantas veces como el fundamento último de la realidad, de nosotros mismos y nuestro fin último. 


Así, Metafísica, Antropología y Ética tendrían en Dios su principio y su fin: “Libertad, metafísica y religión constituyen tres asuntos intrínsecamente conectados, porque el problema de la existencia libre llama en causa la cuestión del ser y esta última no es ajena al ejercicio de la decisión; y porque los interrogantes existenciales y metafísicos encuentran en la religión su última instancia de comprensión y respuesta.” Llevar una vida sensata implica pues, por lo menos, confrontarse con la cuestión de Dios y la religión de una manera profundamente racional. De hecho, a partir de la posición que se tome frente a Dios pueden dividirse en dos grandes géneros la vida que podamos llegar a narrar con nuestras acciones libres: tragedias o comedias.


Yendo más allá de cuanto Aristóteles nos dice sobre la tragedia en la Poética, aquí llamamos tragedia, siguiendo a Gahl, aquellas vidas que no logran alcanzar su fin, las narraciones personales fallidas. En la Antigüedad, la tragedia como género estaba caracterizada por el destino trágico del héroe quien, a pesar de toda su fuerza y capacidades, caía víctima de fuerzas superiores a él mismo que lo sumergían en la desesperación más absoluta. Esta cosmología, en el fondo, presenta una visión del mundo no del todo racional o inteligible. Fuerzas no personales y superiores al hombre parecen siempre al acecho y podrían frustrar los profundos anhelos de felicidad en el hombre. El caos y el azar, el destino y el hado convierten nuestra libertad en un juguete en manos de fuerzas irracionales. 


Las personas que no consideran a Dios en su proyecto vital, que no reflexionan mínimamente sobre el papel que puede llegar a tener Dios en el mundo y en sus vidas, están rechazando anclar sólidamente su existencia en un mundo inteligible que es producto de una creación amorosa de Dios, que nos espera y ansía darnos todo lo necesario para la felicidad. Su actuar moral no podrá ser más que superficial, movido muchas veces por bienes y fines inmediatos que, aunque satisfacen a corto plazo, son incapaces de dotar de sentido global a la narración que construimos todos los días. Por supuesto, considerar a Dios y pensar en el fin último, aunque es necesario para dotar de sentido nuestra existencia y cada acción libre singular, no es algo que deba o pueda ser considerado siempre en acto. Como dice santo Tomás de Aquino: “No es preciso que uno piense en el último fin siempre que algo desea o ejecuta, pues la eficacia de la primera intención, que es respecto del fin último, continúa en el deseo de cualquier otra cosa aun cuando no se piense actualmente en el fin último; como tampoco se requiere que el que va por un camino vaya en todos sus pasos pensando en el término.” Pero es necesario que esté presente de algún modo, puesto que, si no, como nuestro fin último en común es la bienaventuranza o beatitud en general, sin una tematización explícita de qué es ese fin último, nuestra vida se verá fragmenta y diluida en lo cotidiano: viviríamos una existencia inauténtica. Seríamos como un actor de teatro, que no se para a pensar quién lo ha contratado, qué papel tiene que realizar, o cuándo tiene que actuar. Viviríamos una vida absurda.


No menos trágica, aunque sí menos banal, es el rechazo o la negación consciente de Dios en nuestras vidas. Rechazar el principio fundante último de la realidad equivale a declarar explícitamente que el mundo y nuestra existencia no tienen un sentido propio, intrínseco, que la irracionalidad rodea y permea todo cuanto existe y que nuestros anhelos más profundos de felicidad van a quedar frustrados: “La biografía trágica es una narración que se frustra; es al mismo tiempo la historia de un fracaso y una historia fallida. El principio y el final de la narración trágica están dirigidos a un telos no alcanzado. La tragedia carece de inteligibilidad precisamente en cuanto su fin no hace sensatos los objetivos propuestos por los personajes.” Es apostar por el sinsentido, por la irracionalidad más plena. Es dejar sin contestar, puesto que no es una respuesta satisfactoria, las interrogantes más profundas e importantes de nuestra vida, y es privar de cualquier orientación estable a nuestras acciones. No se explicaría ni el porqué del mundo, ni el porqué de nuestra existencia, y mucho menos daría un criterio unificante de la vida. La historia de quien niega explícitamente a Dios sería, en el sentido más propio, nada más que letras o palabras escritas unas junto a otras sin ningún sentido ulterior que de inteligibilidad a la narrativa que estamos creando. 


Muy diversa es, en cambio, la comedia, que para los cristianos que se saben hijos de un Dios que es Amor, que sana su condición herida y contradictoria y los invita a ser hijos suyos, es una divina comedia. De esta manera, “todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios.” Como fuerza superior a nosotros está un Dios que nos ama, que es creador del mundo que nos encontramos, causa de su belleza, bondad e inteligibilidad; creador nuestro y nuestro Bien y Fin Últimos. “La Divina Comedia es el género de una autobiografía de amistad con un Dios que como Creador es principio de toda historia personal, como Amado representa su fin moral, y como Amigo es coautor de la única narración, en la que el protagonista puede explicarse plenamente a sí mismo.” A la irracionalidad absurda de la tragedia se opone la racionalidad plena del Dios bueno, que es la plenitud del Ser: “La comprensión de sí mismos como creador por un Dios Personal con el cual se pueden establecer relaciones personales determina un horizonte existencial totalmente diverso al que correspondería a una visión nihilista de la existencia.” Causa del mundo en el que representamos nuestra historia, causa de nosotros mismos, coautor con nosotros por la gracia de una historia que no termina aquí sino que dura y sale y se sacia en la eternidad.







Bibliografía


  • Aristóteles. Ética Nicomáquea (1985). Editorial Gredos: Madrid.

  • Gahl, R. Etica narrativa e conoscenza di Dio. En L. Romera (Ed.), Dio e il senso dell’esistenza umana (Studi di Filosofia ed., pp. 189-202). (1999). Armando Editore.

  • MacIntyre, A. Tras la virtud (2004). Crítica: Barcelona.

  • McDowell, J. Having the world in view: essays on Kant, Hegel and Sellars. (2013). Harvard University Press: Cambridge.

  • Reyes, C. Esistenza e Persona: Tra il primo Heidegger e la metafisica dell’essere (2018). EDUSC: Roma. 

  • Romera, L. Finitud y trascendencia. (2004). Cuadernos de Anuario Filosófico. Universidad de Navarra: Pamplona.

  • Tomás de Aquino. Summa Theologiae. I-II. q. 1-48. (1954). Biblioteca de Autores Cristianos: Madrid.

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